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A propósito del debate sobre el carácter de China hoy

Miércoles, 17 Junio 2026 15:15

 

Hay un importante debate en cuanto a la caracterización de China desde el punto de vista marxista. Debemos partir de que es una situación compleja donde se está desarrollando, después de una revolución que inició una transición al socialismo, una transición al capitalismo, es decir, una contrarrevolución que está encarando asimilación catastrófica al sistema capitalista.

La situación del imperialismo y su dominación se expresa de forma histórica en la organización de las relaciones sociales como sistema capitalista, entendiendo que la organización del capital es una organización anárquica y ha entrado en su fase descomposición. Es en la organización de las relaciones sociales donde ha entrado en una contradicción explosiva, ya que no logra que la relación capital-trabajo sea contenida en las instituciones creadas para su dominación y no ha podido encontrar en el proceso histórico su reemplazo por otra forma de dominación estatal burguesa. Este elemento también es expresión de la crisis en la creación de valor y su desequilibrio en relación con las actividades que agregan valor. Es decir, se genera una contradicción en la explotación y la generación de plusvalía.

Una aproximación para caracterizar el proceso chino

En este articulo intentaremos dar una aproximación a una caracterización del proceso chino. Creemos que estamos ante una forma distorsionada de dominación burguesa, con una dirección contrarrevolucionaria del PC chino que conduce una planificación burocrática de la economía, configurando un Estado híbrido con una sociedad transitoria.

Con esta definición intentamos dar cuenta de una economía en transición, donde se combinan estructuras de un proceso revolucionario trunco y un proceso de restauración capitalista aun no concluido. Decimos que es una forma distorsionada de dominación burguesa porque este proceso no es dirigido por la burguesía, que es muy débil en China, sino por una dirección contrarrevolucionaria -que es la burocracia del PC chino- que cumple un rol de clase, pero no es una clase. Mediante una planificación burocrática permite que actúen de forma distorsionada las leyes del capital en la formación de una sociedad capitalista y un Estado burgués. Podríamos definir a la economía china como una especie de estatismo, en el sentido de buscar una economía dirigida que -a diferencia de la economía capitalista que busca con este mecanismo conservar la propiedad privada de los medios de producción y sostener empresas no viables_ en China se refleja en la necesidad de sostener a una burocracia contrarrevolucionaria y a capas parasitarias, pero en ambos casos el estatismo es profundamente reaccionario. 

Esta dominación burguesa distorsionada de los países en vías de asimilación ha tomado la forma de un tipo de bonapartismo especial, propio de dicha asimilación. Este mismo se diferencia tanto del bonapartismo colonialista pre imperialista de Marx como del antiguo bonapartismo soviético estalinista caracterizado por Trosky, ya que se trata de un nuevo tipo de bonapartismo propio de la transición. Encuentra algunos puntos de conexión con los bonapartismos predominantes en el actual sistema imperialista, producto de procesos más ligados a la descomposición capitalista que al desarrollo de fuerzas productivas propios de la época del capitalismo en expansión del siglo XIX o del desarrollo de la URSS durante la primera mitad del siglo XX.  Este nuevo tipo de bonapartismo, el de la asimilación capitalista de los ex Estados obreros y en particular el chino, debe ser definido por sus tareas: sostener la transición de forma ordenada para resistir las fuerzas más destructivas del capital imperialista lo suficiente como para poder desarrollar una burguesía nativa a partir de la unidad territorial, que permita establecer las relaciones de clase en base a las leyes del capital.  Por eso, y por su carácter de clase, el bonapartismo chino no puede – por más que quiera evitarlo desesperadamente- huir de las tendencias a la descomposición que priman en todas las formas políticas insertas en el capitalismo mundial. Es importante tener esta cuestión en cuenta a la hora de caracterizar las formas políticas de dominación china, para no sobredimensionar sus alcances y no otorgarles una fuerza histórica que no tienen.

Por otra parte, persisten parcialmente formas de propiedad estatal, que se mantienen en el tiempo porque son la base económica de la autoadaptación de la burocracia a la relación con el imperialismo. El desarrollo de la propiedad estatal a fenómenos de propiedad mixta es propio del desarrollo de tendencias capitalistas. La disolución de la URSS dio formaciones estatales híbridas, territoriales y burocracias nacionales que repartieron los territorios.

Nosotros partimos de analizar las revoluciones dentro del marco teórico de la revolución permanente, por eso definimos a la revolución china como una revolución obrera y socialista que fue llevada a cabo por una dirección pequeñoburguesa y dio como resultado un estado obrero degenerado. Esta formación impidió la extinción del Estado obrero -y su consecuente disolución en la sociedad-, sino que desarrolló lo que se denominó socialismo en un solo país, negando las etapas de la dictadura del proletariado en su extensión internacional y las tareas de la revolución mundial. 

Esta caracterización es importante para pensar y problematizar las tareas del proletariado chino y de los ex Estados obreros en su enfrentamiento a la restauración capitalista, contra las burocracias restauracionistas y la penetración imperialista.

Dinámica permanentista

¿Por qué tenemos que precisar estos elementos? Porque es un proletariado que tiene en su historia haber realizado una revolución y eso no es un dato menor: destruyeron al Estado burgués, expropiaron a la burguesía y derrotaron las ofensivas del imperialismo para aplastar la revolución.  Hoy las tareas para destruir de forma revolucionaria el proceso de asimilación en curso son derrotar a la burocracia contrarrevolucionaria del PC chino, imponer una planificación -que necesita una dirección, ya que implica una intromisión consciente en la arena de la economía política, ante el avance de las leyes del capital en la economía-, reconstruir una dirección consciente del proletariado que termine las tareas truncas de la revolución china de 1949 y su transición permanentista. Es decir, una revolución complementaria de carácter internacional, donde primen los elementos internacionales de la revolución con algunas bases nacionales, colocando al proletariado chino a la vanguardia en el transcrecimiento de la revolución socialista en revolución mundial. Esto requiere avanzar en la formación de una Federación de Repúblicas Socialistas de Asia, como forma estatal de la dictadura del proletariado, basada en unidades económicas que permitan ser parte central de la preparación de un proceso revolucionario a nivel mundial.

Pensar esta mecánica nos permite sofisticar la mecánica de la teoría de la revolución permanente en su desarrollo histórico, ya que no podemos seguir buscando analogías en los procesos revolucionarios del siglo pasado y tratar de buscar una nueva revolución en China con las tácticas para formaciones sociales que no existen hoy ni ahí ni en ningún ex Estado obrero. Pero sí debemos estudiar las transiciones post revolución, las lecciones que dejaron y los aspectos programáticos que incorporaron para futuras revoluciones. Partimos de valiosas lecciones que se pueden resumir en: el programa de transición como expresión de la injerencia del Estado obrero en la sociedad capitalista; la violación de la ley del valor y la formación de leyes en proceso para superar las leyes del capital; la planificación de la economía para interrumpir la relación indirecta que se plantea entre las personas bajo la ley del valor que es parte de la organización del trabajo sobre nuevas bases sociales en las etapas de la dictadura del proletariado y sus transiciones. Esto es muy importante para partir de lo más avanzado que dieron los procesos revolucionarios y tratar de superarlos.

Las bases económicas de la transición

Es importante recuperar para el análisis de China aspectos metodológicos en cuanto a las leyes del capital, centralmente la relación de ley del valor con la revolución y las economías de transición. Esto, para poder avanzar en la comprensión de las bases económicas de la transición y no caer en análisis que solo tomen la superestructura política para definir a los ex estados obreros.

En el capitalismo, las tendencias a la distorsión de la ley del valor se manifestaron en el paso de la libre competencia al monopolio, ya que la ley del valor se desarrollaba de forma más directa en la primera. La violación de la ley del valor se da por la irrupción de una dirección consciente de la economía, es decir la planificación. La ley del valor sigue rigiendo en la transición de una revolución porque aún existen el salario, las mercancías y el reparto, lo que se modifica es su dirección y es lo central. Cuando se expropia a la burguesía se desarrolla la dictadura del proletariado internacional, se viola la ley del valor en el terreno nacional, pero -como bien decía Trotsky- sigue influenciando a nivel internacional. De ahí la importancia del monopolio del comercio exterior. Por eso la economía del Estado obrero no puede ser definida como capitalismo de Estado, por la clase de detenta el poder.

Trotsky, que partía de la experiencia de la revolución rusa y su transición, daba algunas directrices metodológicas sobre cómo debemos estudiar la relación entre las leyes del capital y los procesos revolucionarios. Planteaba que debíamos ponderar la interacción -tanto en su conflicto como en su armonía- entre la ley del valor y la ley de acumulación socialista y que esta interacción debe ser puesta en el contexto de la economía mundial. Y agregaba otro aspecto que es central, que es la conexión entre la economía y el régimen de partido.

Creemos importante retomar este enfoque, ya que nos permite comprender la dinámica de la ley del valor y sus contratendencias, en lugar de analizar los fenómenos revolucionarios solo desde el aspecto de la ley de acumulación o el desarrollo desigual y combinado, sin apreciar los cambios que produjo en las leyes del capital la intervención consciente de una dirección revolucionaria. En China esa interacción se dio como conflicto, ya que, al nacer degenerada la revolución, la relación entre la ley del valor y la de acumulación socialista no se daba de forma armónica sino de forma burocrática. Allí no había un sistema soviético como definía Trotsky en 1929: “El sistema soviético no es simplemente una forma de gobierno que se pueda comparar en abstracto con la forma parlamentaria. Es, sobre todo, un nuevo modo de relación con la propiedad.” Ni un poder soviético como definía Lenin: “El poder soviético no es otra cosa que la forma organizada de la dictadura del proletariado, la dictadura de la clase de vanguardia que eleva a una nueva democracia y a la participación independiente en el gobierno del estado. El desarrollo de la organización soviética es un tipo superior de democracia, una ruptura con las deformaciones burguesas de la democracia, el tránsito a la democracia socialista y a las condiciones en que el Estado puede comenzar a extinguirse”. (Lenin, 1918).  Esa relación con la propiedad no se daba con la intervención de las masas en la política, sino con un férreo control de la burocracia estatal partidaria de los resortes de la economía, lo cual impedía una planificación para una acumulación primitiva. La acumulación se daba de forma parasitaria para ciertas capas de la burocracia y, con en el correr de los años, al no poder conformarse en clase burguesa y capitalizar esa acumulación, tuvieron que exportar esa crisis en forma de capitales para consolidarse como burocracia y sostener su dominación y dirección contrarrevolucionaria a nivel nacional e internacional. Ese proceso no tiene nada que ver con las características que define Lenin en la fase imperialista. La perspectiva del centrismo no tiene en cuenta estas interacciones y toma las leyes del capital de forma abstracta. Varias corrientes que se reclaman trotskistas plantean que ya está restaurado definitivamente el capitalismo en China y algunas incluso plantean que es imperialista. Hay corrientes que dicen que China es un capitalismo sui géneris en vías de ser imperialista. Insistimos en que el proceso de asimilación, tanto de China como de Rusia, aún no está cerrado y esto dependerá de los procesos de la lucha de clases a nivel nacional e internacional y de la dinámica que tome el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución que se nos plantea ante este escenario.

No hay opción intermedia entre el capitalismo y la revolución socialista. La asimilación que estamos estudiando es de una formación híbrida, como son todos los ex Estados obreros y su inserción al sistema capitalista. Frenar esa asimilación catastrófica en esta época es una guerra revolucionaria del proletariado ruso y ucraniano contra sus gobiernos y contra la OTAN. El proletariado debe luchar contra la restauración capitalista desarrollando la revolución permanente, combinando la revolución política con la revolución socialista. Esta nueva revolución, que no va a ser contra el Estado capitalista sino contra los vestigios de un Estado obrero degenerado y deformado, tomará las tareas socialistas para acelerar los procesos de la revolución mundial. Como planteaba Trotsky, la reabsorción del Estado en una sociedad que se administre a sí misma.

Sobre los ex Estados obreros

Para precisar aún más nuestra definición, sostenemos que China, Rusia y Cuba, para nombrar los más emblemáticos, son ex Estado obreros en vías de asimilación al sistema capitalista. Obviamente, cada país tiene su particularidad en la transición a la restauración capitalista, pero lo que nos interesa es definir el fenómeno y luego avanzar en sus tendencias.

Al concepto de asimilación nosotros le incorporamos la idea de “catastrófica” para dar cuenta de que la asimilación en la situación actual del sistema capitalista no podrá darse de forma pacífica sino de forma violenta en la arena mundial.

Lo que está dejando de existir no son los Estados obreros en transición, sino en lo que se habían convertido producto de la política del estalinismo y el imperialismo. Es importante este reajuste en la definición para comprender mejor los procesos transicionales. Estado obrero degenerado tiene que ver con el desarrollo de la propiedad estatal como basamento del dominio de la burocracia soviética, el bonapartismo soviético y la relación con las masas y sus formas de explotación, que daban lo que los revolucionarios denominaban “parasitismo social”. Ese fenómeno dejó de existir con la caída de la URSS, lo que estamos analizando ahora es la transición que se estaría dando luego de eso.

Otro elemento que introducimos aquí para la discusión es el referente al análisis de la asimilación capitalista y su relación con la teoría de la revolución permanente. Trotsky (1929) decía que toda revolución proletaria contra la sociedad capitalista, sobre todo en la época imperialista, tendía a convertirse en revolución permanente, es decir, a no detenerse en las etapas alcanzadas, a no limitarse a los marcos nacionales, sino a extenderse y profundizarse hasta la transformación total de la sociedad, hasta la abolición definitiva de las diferentes clases y, por lo tanto, hasta la supresión completa y final de la posibilidad misma de una nueva revolución. Esta es la dinámica de la revolución contra la sociedad capitalista, lo que tenemos que pensar es la revolución permanente ante una transición trunca y las tareas que se desprenden de la necesidad de una nueva revolución en una época imperialista. Trotsky también planteó la revolución política, es decir, una nueva revolución contra la degeneración del Estado obrero y de la revolución proletaria, pero, al no suceder, el proceso histórico siguió avanzando en su descomposición. El Estado obrero degenerado es en lo que se convirtió la URSS con la contrarrevolución estalinista, pasó de ser la forma estatal de la dictadura del proletariado internacional a eso. Luego eso implosionó, se disolvió y dejó de existir, por lo tanto, no existe la forma política de la dictadura burocrática que caracterizó Trotsky. Se produjo una contrarrevolución dirigida por la burocracia, pero que en ese camino no logró transformarse en clase, ya que no pudo contar con la burguesía mundial para su asimilación. Para sobrevivir, sostuvo parcialmente las formas de propiedad que había planteado la revolución, cuando se expropió a la burguesía, y debió buscar un equilibrio político y social asentándose en un mayor control y represión. La disolución de la URSS dio formaciones estatales híbridas, territoriales y repartos en burocracias nacionales.

En China, la tarea de la restauración capitalista está encabezada porel PC chino, con reformas y con represión -como la de Tianamen-, y luego con la división en zonas para la penetración imperialista. Esta excrecencia que es la burocracia en los ex Estados obreros es una formación social novedosa, que subsiste por la debilidad del sistema capitalista para asimilarla y por la crisis de dirección revolucionaria para destruirla. Por eso son condicionales las definiciones de qué tipo de Estado son los ex Estados obreros, no sólo porque no está configurada la clase dominante como clase burguesa, sino que se sigue asentando, en gran parte, en propiedades estatales y no en la propiedad privada de los medios de producción, de la que son garantes de los Estados capitalistas. Es decir, aun no rige ese equilibrio espontáneo que es la ley del valor. Esta ley actúa en la economía de los ex Estados obreros de forma distorsionada, pero aun sin poder consolidar esa relación social de producción.

Sostenemos que el proceso de asimilación no está concluido. Y se da un fenómeno contradictorio en el que la dirección de la restauración capitalista está, en parte, en manos de la burocracia, que aún no se consolida como clase, pero también de la política imperialista, que no confía en que esa burocracia tome una tarea burguesa novedosa como la restauración. Es por esta razón que el proletariado de los países de los ex Estados obreros debe luchar contra la restauración capitalista desarrollando la revolución permanente, combinando la revolución política con la revolución socialista y esta nueva revolución, que no va a ser contra el Estado capitalista sino contra los vestigios de un Estado obrero degenerado y deformado, tomará las tareas socialistas para acelerar los procesos de la revolución mundial. Como planteaba Trotsky, la reabsorción del Estado en una sociedad que se administre a sí misma.

Trotsky dice: “O la vieja forma vence (solo parcialmente vence) haciendo necesaria la auto-adaptación del proceso (parcialmente) conquistado, o el proceso del movimiento revienta la vieja forma y crea una nueva, por medio de nuevas cristalizaciones de sus matrices y la asimilación de los elementos de la vieja forma” (Trotsky, 1933-1935). Esta es una transición según la entendemos los revolucionarios entre lo viejo y lo nuevo.

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Referencias

Lenin, Vladimir (1918). Las tareas inmediatas del poder soviético. Obras completas XXVIII Cartago.

Trotsky, León (1929). La Revolución Permanente.

Trotsky, León (1929). ¿Puede remplazar la democracia parlamentaria a los soviets?

Trotsky, León (1933-35). Escritos sobre Lenin, la dialéctica y evolucionismo.

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  • A 70 años de la Revolución China. Perspectivas entre revolución y contrarrevolución

     

    Por Orlando Landuci

    El 1 de octubre de este año se cumple el 70º aniversario de la revolución China. Mientras la burocracia estatal restauracionista del Partido Comunista Chino (PCC) prepara ostentosos festejos, el camino del país a la plena asimilación capitalista choca con las contradicciones determinadas por la descomposición del imperialismo mundial.   

    Esquemáticamente, podemos establecer la actual fase de la asimilación de China a partir de la política implemetada por el PCC para responder a la crisis mundial de 2008, que se yuxtapone con el inicio del gobierno del actual mandatario, Xi Jinping. El crecimiento Chino hasta ese momento se apoyaba en un rebosante mercado mundial que tiraba de un crecimiento excepcional de la industria del país basado en las exportaciones. A la base de esto se encontraban las altas tasas de explotación del moderno proletariado chino, nacido más de las reformas capitalistas introducidas por la burocracia restauradora comandada por Deng Xiaoping a fines de los ‘70 que de la revolución, así como de altísimas tasas de inversión de capital, centralmente inversión extranjera directa (IED) de las empresas imperialistas, con las yanquis a la cabeza. El crack económico de 2008 llevó a la crisis de esta relación de China con el mercado mundial y en general de su status en el sistema de Estados. El PCC adoptó entonces un giro hacia una política de aumento del consumo interno para evitar (más bien atenuar) la crisis industrial generada por la caída de las exportaciones, aprovechando una serie de instrumentos económicos aún en manos del Estado, como el mayor control sobre el sistema financiero.

    Llegado este punto, es necesario establecer el carácter de este Estado. No podemos más que utilizar la dialéctica y el concepto de transición, ya que sin entender las transiciones sólo podríamos encasillar la realidad en un esquema estático, o en la idea de “modelos” tan cara a la ideología burguesa, tanto en sus ramas académicas económica como sociológica. El ex Estado Obrero chino se encuentra en una transición hacia la plena asimilación al sistema imperialista. Pero no desde el “comunismo” sino desde las conquistas de una revolución que quedó encerrada en las fronteras nacionales y encorsetada en la pelea entre dos sistemas de la posguerra, donde el papel contrarrevolucionario de la burocracia stalinista de la URSS tuvo mucho que ver. Esta revolución conquistó la unidad territorial de la nación oprimida contra el desmembramiento secular a la que la sometía el imperialismo (europeo, más tarde japonés). Sin embargo, la revolución del ‘49 estuvo dirigida por una dirección pequeñoburguesa, que se vio obligada a expropiar a la burguesía por la dinámica de la lucha de clases mundial no siendo este su programa, estableciéndose una transición al socialismo trunca desde su propio inicio. El Estado Obrero degenerado que se creó no avanzó ni un milímetro en el programa proletario comunista de su propia extinción, constituyéndose a su cabeza una burocracia contrarrevolucionaria centralizada en el PCC que años después avanzaría en la restauración capitalista en estrecha alianza con el imperialismo norteamericano.

    Sin embargo, lejos de los planteos que hacen varios intelectuales y corrientes de izquierda sólo basados en estadísticas burguesas, China no se ha convertido en un rival imperialista de EEUU. Ciertamente, ese es el objetivo de Xi y el PCC, pero para ello el país debería completar su asimilación, liquidando los resabios del control estatal sobre las palancas de la producción y recreando una clase capitalista plenamente independiente del imperialismo, con un control como clase de las principales ramas industriales y sobre todo del sistema financiero. Esto se ha demostrado, por ahora, en algo muy alejado de la realidad. Las empresas Chinas, cuyos nombres han aparecido con fuerza en la prensa en los últimos años, ni siquiera controlan el mercado de las principales ramas dentro del mercado Chino. En cuanto a las exportaciones industriales, las empresas privadas de capital “nacional” representan apenas un 10% del total, y las estatales una proporción incluso menor (datos de 2017), mientras las empresas con participación extranjera, ya sea de propiedad extranjera o “joint-ventures”, acaparan un 85-86% de la torta. Podemos decir que en el camino de la asimilación, China está más cerca de convertirse en una semicolonia, aunque ese proceso también implica fenomenales contradicciones. Y esto sobre todo en el enfrentamiento con el que se ha convertido en uno de los proletariados industriales más numerosos y concentrados del planeta. En cualquier caso, a donde va China se determinará en la arena de la lucha de clases mundial.

    Fuga hacia adelante

    Volviendo a la política del PCC y de Xi para dar respuesta a la crisis de 2008, el reemplazo del crecimiento basado en las exportaciones por una política centrada en el mercado interno se dio en paralelo a una escalada sideral de la deuda, que trepaba a un 260% del PBI en 2016 y alcanzaba 328% del PIB el año pasado. Por otro lado, China tienen vedado el mercado de exportación de capitales por lo cual el PCC ideó una política de acuerdos de infraestructura con otros estados para poder dar una vía de escape a la acumulación excesiva de capital dentro de sus fronteras a partir de la “Iniciativa del cinturón y la ruta de la seda”, o nueva ruta de la seda, con el objetivo de unir las cadenas de abastecimiento y producción del país en una línea que atraviesa Asia hasta llegar a Europa. Nótese que es un proyecto muy ambicioso pero que no puede encararse como las típicas adquisiciones y fusiones a que nos tienen acostumbradas las empresas imperialistas en los años pos 2008, con ejemplos resonantes como la fusión FIAT-Chrysler, o la ultramonopolización de la producción aerocomercial con las compras de Embraer por Boeing y de Bombardier por Airbus. La ruta de la seda implica acuerdo entre el Estado chino y otros Estados extranjeros, necesariamente. Esta política ha implicado una intervención más activa de China en la diplomacia mundial, y también mayores apuestas en el plano militar. Y también ha significado una caída progresiva, año a año, de las tasas de crecimiento, hasta llegar a un 6,2% del PBI calculado por el FMI para este año. Esto último debe comprenderse en el cuadro de estancamiento de la economía mundial de conjunto, por un lado, y por el otro por la intervención activa del imperialismo en la disputa abierta por definir el futuro de China, cuyo último acto es la guerra comercial lanzada por Trump. Las últimas medidas adoptadas por el PCC ante estos desafíos van en el sentido de un mayor control burocrático-estatal sobre las empresas privadas, con la designación de 100 funcionarios para integrarse a los directorios de las empresas tecnológicas de la ciudad de Hangzhou, incluyendo a gigantes como Ali Babá, el fabricante de bebidas Wahaha y la automotriz Hangzhou Wahaha Group Co.

    Guerra Comercial

    La ofensiva norteamericana sobre China ha sido materializada en la aplicación de aranceles aduaneros a un enorme número de mercancías chinas. La última tanda de los mismos, aplicada por la administración Trump a partir del 1/9/19, afecta exportaciones chinas por un total de U$S 300.000 millones. Los efectos de este enfrentamiento, iniciado en 2018, incluso han llevado al comienzo de la retirada de algunas empresas norteamericanas del territorio del país asiático, no hacia EEUU como prometiera Trump, sino a otros países de la región con salarios aún más bajos (aunque con peor infraestructura y organización de la producción que China). La guerra comercial amenaza incluso en convertirse en una guerra de monedas, como demostró Beijín a mediados de agosto con una leve devaluación del Yuan-Renminbi, aunque por el momento las autoridades del PCC se mantienen en una postura negociadora. De hecho, la presión imperialista para que China controle el nivel de endeudamiento y se abstenga de manipular la tasa de cambio de las divisas viene surtiendo efecto.

    Hasta el final, el gobierno norteamericano tiene como objetivo la completa asimilación de China incorporándola al sistema de estado como una semicolonia. Reclama para ello que el país se incorpore al capitalismo aceptando su participación en la competencia del mercado mundial, pero bajo las leyes del capital, es decir, con la plena vigencia de la ley del valor. Ataca el peso en el control del sistema financiero por el Estado, es decir, pretende el control del mismo por los bancos imperialistas. Pero existe un enorme límite a estas pretensiones, límite que comparte también el programa de la burguesía China que busca la restauración capitalista utilizando las palancas del Estado para poder convertirse en una clase independiente. Este límite es la descomposición imperialista del sistema capitalista mundial como sistema de relaciones sociales, que se expresa cabalmente en las enormes dificultades que existen para la asimilación no sólo de China, sino también de Rusia.

    El desafío de Hong Kong

    Estos límites pueden constatase en las contradicciones que se expresan en la lucha de clases, porque se trata de límites concretos, imposibles de seccionar como mera “economía”. Actualmente, el desafío que están representando las manifestaciones en Hong Kong que llevan más de 3 meses contra la autoridad de la gobernadora Carrie Lam y el gobierno central, nos presentan en toda su complejidad y por caminos laberínticos el problema de la asimilación. Por una parte, los manifestantes desafían la imposición de la mano de hierro del PCC en una ciudad que tiene una tradición de gobierno autónomo, bajo las reglas capitalistas de una colonia británica. Por otra parte, es claro que la división del territorio Chino en regiones independientes, no sólo hablando de Hong Kong y Macao sino de las provincias interiores y otros cantones costeros, es claramente el destino más probable de la reversión de la principal conquista de la revolución de 1949, la unidad territorial de China. La izquierda y lo que queda del trotskismo de posguerra, frente a estas contradicciones, hecha mano de la teoría de los campos, apoyando en general a las masas movilizadas sin importar la peligrosidad del programa independentista que presenta su dirección. O en otros casos, apoyando el aplastamiento físico de los manifestantes en defensa de un supuesto “Estado Obrero” que en los hechos está dirigido por un cartel capitalista bajo el título de Partido Comunista hacia la restauración capitalista en base a la represión no sólo del movimiento en Hong Kong sino también de las expresiones sindicales que se vienen organizando los últimos años en las fábricas y otros lugares de trabajo contra las condiciones laborales paupérrimas y los bajos salarios. 

    Revolución permanente

    La tarea de los revolucionarios en China y Hong Kong pasa por levantar una pelea política por un programa de independencia de clase en el seno de la vanguardia que lucha contra las consecuencias de reversión social histórica que implica la restauración capitalista. El proletariado continental tiene la centralidad en este proceso, teniendo en claro que tal lucha revolucionaria es una lucha contra el imperialismo, y al mismo tiempo contra los restauradores del PCC. Por supuesto que es inimaginable una revolución sólo en los límites de Hong Kong, pero las movilizaciones en esa ciudad, bajo una dirección proletaria, sí podrían cumplir un rol importante llamando a los trabajadores de China continental a enfrentar al Estado con los métodos de la clase obrera y con un programa de transición para enfrentar a nuestros enemigos de clase en la disputa por los destinos del país. A donde va China no necesariamente debe estar determinado por el programa del imperialismo o por las intenciones del PCC. El proletariado, dirigido por un partido revolucionario armado con la teoría programa de la revolución permanente, tiene que imponer su propia salida, que es la de la revolución socialista y la conquista de la dictadura del proletariado y su extensión internacional. Apostamos a la reconstrucción de la IV internacional, cuya sección china está llamada a cumplir estas enormes tareas.

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