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Trotsky sigue siendo el enemigo

19 agosto, 2026

 

Hace 86 años, el 20 de agosto de 1940, era asesinado León Trotsky a manos de un agente del estalinismo mientras se encontraba asilado en México. La liquidación física del dirigente revolucionario, y de todos los militantes que se organizaron con él, era fundamental para el triunfo de la contrarrevolución estalinista en la URSS. Así la burocracia mató al enemigo del imperialismo, justo en la antesala de una nueva masacre bélica mundial. Hoy su legado sigue vigente como guía para la acción, con más fuerza que nunca, ante un escenario mundial de descomposición del imperialismo y los procesos de asimilación de los ex Estados obreros.

El imperialismo intenta sobreponerse a su decadencia abriendo un proceso guerrerista, que tiende a generalizarse, con focos álgidos como la guerra en Irán, el genocidio en Gaza, la guerra entre Rusia y Ucrania, en la que está involucrada —con la OTAN— gran parte de la UE. La tarea de los revolucionarios es enfrentar estos procesos guerreristas con las armas del marxismo revolucionario, para lo cual es esencial recurrir a Trotsky.

Tenemos que preparar a una vanguardia internacional para encarar este nuevo escenario sofisticando el bagaje teórico y político de los revolucionarios que nos antecedieron y desarrollar una nueva generación que termine las tareas que quedaron inconclusas el siglo pasado: la revolución mundial que abra un camino a la transición hacia una sociedad comunista.

Para estos objetivos, obviamente, no partimos de cero, sino que nos apoyamos en lo más avanzado que dejaron los procesos revolucionarios, tanto triunfantes como derrotados. Comprender las lecciones programáticas de los procesos históricos y los hechos de la lucha de clases es indispensable para saldar cuentas con nuestra clase enemiga, la burguesía, y su sistema capitalista.

Las armas teórico-políticas que nos dejó quien fue artífice de la Revolución Rusa, de la construcción de Ejército Rojo, y de la fundación de la IV Internacional a los trotskistas son muchas y aún mantienen su vigencia programática. Su núcleo teórico está en la Teoría de la Revolución Permanente, en el programa de la IV Internacional, el Programa de Transición, el análisis de las transiciones, de los equilibrios, de los tipos de bonapartismos y los análisis económicos sobre la planificación y las leyes del capital; y su ejemplo como revolucionario está en la inquebrantable lucha contra el estalinismo, contra el fascismo, contra el imperialismo y por el desarrollo de las tendencias revolucionarias hasta en las condiciones más adversas.

En 2026, en medio de una aceleración de las contradicciones que llevaron a la crisis del 2008 (aun no resueltas por el capitalismo), agudizadas por una pandemia, la categoría de equilibrio inestable es central para analizar la dinámica actual de la economía mundial, las relaciones interestatales y la lucha de clases. Recuperar esta categoría, que se inscribe en el método del materialismo dialéctico para comprender el proceso histórico, nos arma mejor ante las teorías reformistas o posmodernas de “caos sistémico”, “policrisis” o “interregno”. A diferencia de la impotencia de esas visiones, que a lo sumo se llegan a amparar en el estatismo burgués (si no es que se dejan llevar por la resignación total), Trotsky nos traza el camino para enfrentar una situación en la que se desarrollan tendencias hacia la guerra. Habiendo sistematizado las lecciones de la Revolución Rusa, pudo generalizar el programa para la lucha contra los Estados burgueses a partir de plantear la injerencia del Estado obrero en la sociedad capitalista. Ante una inminente guerra, esta transición al interior de los Estados se muestra con el método obrero para frenar la maquinaria bélica y derrotar a la burguesía: mediante el control obrero de las fábricas, de las ramas de producción de las materias primas y de los puertos, es decir, atacar a la burguesía en su base, que es la producción.  Muchos desmoralizados dijeron que el Programa de Transición ya fue superado por la historia y desestimaron su valor como guía para la acción en este siglo, sin embargo, desde una perspectiva de marxista revolucionaria, la clave está, en efecto, en desplegar el programa de transición, que contiene, condensa y generaliza la experiencia de la Revolución Rusa y nos deja en el umbral de la revolución que hemos de preparar.

Otro elemento clave de la situación mundial actual es la asimilación de los ex Estados obreros a un sistema imperialista en descomposición. Justamente, la categoría de asimilación que planteó Trotsky parte de un método de análisis de las transiciones entre los viejo y nuevo: el sistema capitalista y sus leyes —centralmente la ley del valor— y su influencia en los procesos de restauración.

En su combate denodado contra la contrarrevolución que se encolumnó detrás de la consigna del “socialismo en un solo país” (en una componenda antiobrera con las fuerzas del imperialismo mundial), Trotsky desarrolló la ampliación del concepto de dictadura del proletariado, dándole un carácter permanentista, en la transición a la dictadura del proletariado internacional, cuya máxima expresión fueron las federaciones, como forma estatal de la dictadura del proletariado. Su lucha política se ancló en la teoría de la Revolución Permanente, un método de la revolución internacional en general, que parte de comprender que estamos en la etapa de transcrecimiento de la revolución socialista en revolución mundial.

La burguesía imperialista sabe quién es su enemigo, la clase obrera mundial organizada tras un programa revolucionario. Por eso, no sólo se empeña en apuntar su propaganda contra el comunismo, sino que se vale de las instituciones estatales del régimen burgués —hoy en decadencia— para erradicar todo atisbo de organización independiente del proletariado (tarea para la que ha contado desde hace décadas con la inestimable ayuda de las burocracias sindicales, con todo tipo de ideas de conciliación de clases). Lamentablemente, muchas de las corrientes que se reivindican del trotskismo ya no levantan la necesidad de la dictadura del proletariado y sólo se limitan a llevar las democracias hasta el final. Hoy más que nunca, es tarea de los revolucionarios recrear una conciencia revolucionaria al interior de nuestra clase. Nuestra lucha parte del enfrentamiento en el proceso de producción y debe combatir a todas las tendencias ideológicas que intentan confundir al proletariado, por ejemplo, aquellas ideas estatistas que alejan la acción política de la producción y llevan a la lucha por redistribuir la acumulación mediante un Estado regulador.

Actualmente se están desarrollando interesantes procesos de lucha de clases en todo el mundo, pero que muestran una importante confusión de objetivos, como por ejemplo las movilizaciones de la llamada “generación Z”. También se están dando procesos electorales (por ejemplo, en Estados Unidos, entre otros) donde resurge una idea de socialismo, obviamente pasteurizada para ser digerida por la democracia burguesa. Incluso se han dado luchas radicalizadas, como en Bolivia. Nuestra tarea consiste en que esas banderas que plasman aspiraciones a una superación del capitalismo puedan hacer del proceso inconsciente de las masas un proceso consciente para la revolución socialista. Esto sólo será posible levantando las banderas del marxismo revolucionario.

Esta lucha irreconciliable contra el sistema capitalista, sus guerras y su explotación requiere la reconstrucción de una organización revolucionaria internacional, la IV Internacional reconstruida, capaz de sistematizar las experiencias de nuestra clase y dotarla de un programa para desarrollar las bases de la nueva sociedad. La burguesía tiene en claro que el enemigo sigue siendo el marxismo revolucionario, hoy encolumnado detrás la figura de León Trotsky. Pero al interior del movimiento trotskista también debemos dar una lucha contra las tendencias centristas, que han mutilado el legado del revolucionario ruso al ir incorporando teorías reformistas y posmodernas para dialogar con la opinión pública y quitarle todo filo revolucionario. Es vital recuperar ese arsenal teórico y político para empuñarlo en la lucha revolucionaria de hoy.

A 86 años del asesinato de León Trotsky hagamos honor al enemigo declarado del capitalismo levantando las banderas del trotskismo que se resumen en estas palabras: ¡Por la dictadura del proletariado!

 

 

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