lunes 2 noviembre , 2026 | 07:50

Las transiciones y la institucionalización de la política revolucionaria

1 noviembre, 2026

En este artículo intentaremos analizar las transiciones en los procesos históricos de la lucha de clases de este periodo, caracterizado por la descomposición del imperialismo y la asimilación catastrófica de los ex Estados obreros. Para ello, nos valemos de la Teoría de la Revolución Permanente y, a su vez, de aquí se desprenden tareas concretas para los revolucionarios.

Tenemos que partir de que la Revolución Rusa de 1917 no sólo modificó la situación mundial, sino que sofisticó la estrategia y la táctica de los revolucionarios, ya que colocó a las transiciones políticas y económicas en otro plano. Es decir, la hipótesis principal dejaba de ser algo del tipo de la Comuna de París o de un febrero tardío, sino una revolución triunfante dirigida por un partido revolucionario como dirección de una vanguardia obrera. Esta revolución planteó una serie de transiciones: a un Estado obrero y luego a un no Estado. Es decir, inauguró la etapa de la transición del socialismo al comunismo y el transcrecimiento de la revolución socialista a la revolución mundial. Abría un periodo histórico, aun no cerrado, en el que la hipótesis de trabajo de los revolucionarios se basó en violar la ley del valor, implementar la planificación de la economía y organizar la economía sobre nuevas bases sociales. Y en esto no se limitaron al territorio de la URSS, sino que buscaron la forma de llegar a una generalización de esa experiencia. Esta gesta revolucionaria, que las direcciones de los procesos plasmaron en programa en las Internacionales, como la III antes de su estalinización y en la IV con el Programa de Transición, son las que debemos retomar y complejizar para plantear las directrices para la reconstrucción de la IV Internacional.

Sacar lecciones de las revoluciones implica que la preparación para las futuras revoluciones debe partir de lo más avanzado que dieron estos procesos anteriores y no retroceder a situaciones históricas que ya fueron superadas e incorporadas a esas transiciones revolucionarias. Es decir: la Comuna (llevada adelante por la clase obrera en la época de expansión capitalista), como experiencia, fue superada en los primeros Soviets (producto de la nueva relación establecida entre la vanguardia obrera y la burguesía en la época imperialista). A partir de los Soviets, el desarrollo de la revolución llegó a una síntesis con el Sistema Soviético de la dictadura del proletariado, la cual fue abordada desde la óptica del permanentismo (en una dinámica internacional). La dictadura del proletariado se constituyó como forma de Estado, dentro de las Federaciones como unidades económicas. Y en ese proceso, el partido también tiene su carácter permanente dentro de las etapas de la dictadura del proletariado y como partido mundial, las Internacionales. Todo esto implica que debemos incorporar la estrategia y las tácticas que de ella se desprenden al proceso histórico.

En el análisis de la Revolución Rusa y su transición tenemos como punto de partida lo más avanzado que dio este proceso. No consideramos correcto caer en analogías anteriores a esa revolución para comprender los procesos actuales de la lucha de clases, porque esto implica omitir las lecciones de ese proceso, abandonar el materialismo histórico y confundir a la vanguardia obrera en cuanto a las tareas específicas que tiene por delante en la época imperialista, de crisis, guerras y revoluciones. En esta época, las relaciones materiales entre la clase obrera y la burguesía imperialista y sus Estados tienen un carácter particular que es completamente distinto a las experiencias anteriores a la Primera Guerra Mundial.  Poner un signo igual entre transiciones que responden a períodos históricos tan diferentes, confunde y desarma a la vanguardia programática y organizativamente. Esta confusión no es inocente: en última instancia persigue la idea de una burguesía “democrática”, ya extinta en la época de descomposición del capitalismo. Desde esta óptica es falso el argumento de que en los últimos años no hemos asistido a ninguna revolución triunfante y, por lo tanto, debemos partir de periodos anteriores para intentar recrear una situación similar.

Trotsky, cuando avanzó en generalizar la experiencia rusa, lo hizo desde el método del materialismo histórico, totalmente opuesto a la idea de que era un manual o una receta infalible. Marx (1844), al analizar el rol del proletariado en la revolución, planteaba que ésta organiza una “esfera dominante en la sociedad a expensas de la sociedad”. Esto es una transición revolucionaria de una clase de la sociedad burguesa que "no pertenece a la sociedad burguesa". Retomando esto, Trotsky definió que una de las lecciones más importantes de la Revolución Rusa fue la “injerencia del Estado obrero en la sociedad capitalista”, es decir, la “organización de una esfera dominante a expensas de la sociedad burguesa” como generalización de la transición revolucionaria del proletariado. Esta mecánica de la relación entre las clases en los procesos revolucionarios debe ser incorporada en la táctica revolucionaria del siglo XXI. Esto implica combatir cualquier visión sociológica o politicista que centre sus análisis de las revoluciones en los movimientos pequeñoburgueses más que en la potencialidad del proletariado.

Recordemos que en las etapas posteriores a la Revolución Rusa los trotskistas discutimos sobre los procesos revolucionarios de la posguerra y las características de sus direcciones, que dieron Estados obreros deformados o degenerados. De ahí se desprende la tarea de buscar que triunfaran revoluciones complementarias al interior de esos procesos para detener y derrotar a las direcciones que llevaban a restauraciones capitalistas. Entonces la discusión de la transición se ubicaba en el desarrollo de la dictadura de proletariado en el plano nacional y su extensión internacional, es decir, su dimensión permanentista. El nudo de la discusión pasaba por la relación entre procesos revolucionarios, direcciones y partidos. Las derrotas de las revoluciones y la formación de direcciones contrarrevolucionarias como el estalinismo, el maoísmo, el castrismo, el titoísmo y otros alejó el concepto de revolución y la idea de la dictadura del proletariado. Quizás una de las últimas oportunidades de revolución obrera y socialista fue la Revolución de los Claveles en el ‘74 o los procesos cercanos a revoluciones políticas en los ex Estados obreros de la década del ‘80.

Ante estas dificultades —y en busca de atajos— muchos de los dirigentes trotskistas sobrevaloraron el rol de la pequeñoburguesía y le dieron un rol revolucionario del que carecía. Después del Mayo Francés del ‘68, la discusión de los trotskistas giró en torno a la relación de los movimientos con el partido y procuraron rediscutir las posibles transiciones sin un horizonte revolucionario. Acá se perdió el análisis de la situación desde el marxismo para llevar la teoría marxista al plano de debates filosóficos, censurando el análisis económico central en la teoría. Por ejemplo, se desarrollaron todo tipo de “marxismos” que analizaron aspectos parciales de la sociedad capitalista, ya sea de la cultura, del arte, de la alienación, de las opresiones y desdeñando todo análisis de la estructura económica (y por tanto de las clases sociales) como “economicismo” o “reduccionismo de clase”. Otra vez, llevar los análisis y las conclusiones al plano de la cultura o, mejor dicho, de la política entendida como relaciones culturales y no como economía concentrada no era inocente, sino que buscaba erradicar la idea de la insurrección como arte, el partido leninista y la planificación económica, para dar lugar a un marxismo edulcorado compatible con la academia y el parlamentarismo.

Se pasó del concepto de dictadura del proletariado y sus tres momentos (desorganizar a la burguesía, organizar al proletariado y preparar las etapas de la dictadura) a hablar de “hegemonía”, diluyendo a la clase en los movimientos y buscando presionar a los Estados en nombre de adquirir más derechos. Dejaron de lado la tarea de destruir al Estado para llevar a cabo una política de redistribución de la acumulación. Así se desarrolló una teorización en la que el Estado (burgués) tendría un rol progresivo que sería el de garantizar la reproducción social de nuestra clase ahí donde supuestamente no actuaría la ley del valor. De ahí el énfasis en los movimientos identitarios, ambientalistas y otras opresiones, porque, como solían decir los posmodernos, estaban “más allá de la ley del valor”. Institucionalizaron la política revolucionaria llevándola a la superestructura estatal de la sociedad burguesa y perdieron de vista el objetivo del ataque a la producción como base de la burguesía. Así, le quitaron todo filo revolucionario al Programa de Transición.

Para sectores del morenismo, la irrupción de la pequeñoburguesía radicalizada los llevó a teorizar sobre la posibilidad de un cambio en el régimen político: la “revolución democrática”, como etapa necesaria para la revolución. Los herederos del morenismo intentan sofisticar la teoría de su mentor elevando la categoría de la “revolución democrática”, no ya al régimen político, sino al Estado. De esta manera los movimientos ejercen una presión al Estado y pueden desestabilizarlo, ya sea de forma parlamentaria o mediante la presión de movimientos policlasistas. El gran representante de este “post-morenismo” es el PTS en la Argentina. E. Albamonte y M. Maiello (2017, p 560) critican “teorías como la de Nahuel Moreno que entendía las revoluciones democráticas como ‘revoluciones en los regímenes’ (pero no en el Estado)”. Y fundamentan en esto su apreciación de “la importancia que adquiere en el presente el programa democrático radical, que busca acelerar la experiencia de las masas con las ilusiones en la democracia capitalista, horadar la hegemonía burguesa y facilitar el pasaje de una posición defensiva a una ofensiva en la lucha por el poder obrero” (Íbidem, p. 562).

Injerencia del Estado obrero en la sociedad capitalista

Vamos a detenernos un poco en tratar de explicar lo que significa para nosotros esta elaboración de Trotsky y sus implicancias. En primer lugar, debemos señalar que plantea otra preparación para desarrollar procesos revolucionarios, ya no con las analogías anteriores a la Revolución Rusa, sino con la generalización de las prácticas revolucionarias en la transición de la Revolución Rusa a revolución mundial. Es importante esta precisión, porque sin ella no se puede entender el Programa de Transición ni los avances programáticos de la III Internacional, que plantean la destrucción del Estado burgués con un programa más concreto para intervenir. Vamos a algunos ejemplos. El problema de los Soviets ya no está en el marco de organismo democráticos donde podamos discutir libremente (como lo pretenden algunos centristas). Si bien es un aspecto importante, la formación de Soviet como preparación debe estar pensada dentro del Sistema Soviético, que no es simplemente una forma de gobierno que se pueda comparar en abstracto con la forma parlamentaria; es, sobre todo, un nuevo modo de relación con la propiedad. Lenin (1918) hablaba de poder soviético como la forma organizada de la dictadura del proletariado, la dictadura de la clase de vanguardia que eleva a una nueva democracia y a la participación independiente en el gobierno del Estado. El desarrollo de la organización soviética es un tipo superior de democracia, una ruptura con las deformaciones burguesas de la democracia, el tránsito a la democracia socialista y a las condiciones en que el Estado puede comenzar a extinguirse. De esta manera, la democracia soviética en Rusia constituyó un salto por encima de la democracia burguesa, imposible de desarrollar en la época imperialista. Esta transición es la que debemos levantar los revolucionarios cuando intervenimos para formar una vanguardia obrera que comprenda el sentido de la formación de Soviet. El control obrero, las escalas móviles de horas y de salarios no se pueden tomar como medidas anticrisis, sino como preparación del futuro sistema transicional de trabajo en el camino de abolición del sistema de trabajo asalariado y de violación de la ley del valor mediante la planificación, que es la intromisión consciente de una dirección revolucionaria en la economía burguesa. La idea de la ampliación de las funciones de los sindicatos (bajo una dirección revolucionaria) debe ir en ese sentido.

Destruir la sociedad capitalista presupone un plan, que implica luchar por sustituir progresivamente los patrones mercantiles de organización de la sociedad por criterios de asignación planificada de los recursos. En esa transición, que no puede hacerse sin una revolución obrera y socialista (porque debemos destruir al Estado y disolver las viejas relaciones), la preparación debe plantear como Norte estos objetivos. Preparar a los cuadros y al partido para este desafío es también una lucha política contra el centrismo, que ubica la preparación en un estadio anterior a la revolución rusa y olvida la transición posrevolución.

Los revolucionarios somos conscientes de que la lucha de clases es en definitiva la lucha por la plusvalía y esta concepción encierra una pelea a muerte por destruir las leyes del capital y su ley fundamental que es la ley del valor. En este periodo histórico se hace necesario buscar la injerencia del Estado obrero en la sociedad capitalista, para destruir el sistema de valor de la economía capitalista, que es un gran sistema de contabilidad social espontánea para organizar el trabajo sobre nuevas bases sociales. Para los centristas la pelea es por redistribuir las ganancias y ubican la lucha en el plano de la acumulación capitalista, es decir, se retiran de la esfera de la producción para buscar soluciones en los Estados burgueses a esa desigualdad. Por eso decimos que institucionalizan las políticas revolucionarias, reduciéndolas a meras etapas, quitándoles filo y dejándolas sin transición.

Sacar lecciones del pasado, prepararse para el futuro

Este evolucionismo hacia atrás de sectores del centrismo trotskista pretende resolver con analogías la vieja pregunta, repetida hasta el hartazgo por el trotskismo de posguerra: ¿qué hacer con la pequeñoburguesía?

Esa fijación del centrismo con las clases medias se explica en el importante crecimiento de éstas, especialmente luego de la 2ª Guerra Mundial, y su influencia en el parlamentarismo reformista. Sin embargo, Trotsky señalaría, varios años antes, la contradicción entre la creciente importancia numérica de la pequeñoburguesía a medida que perdía importancia en la producción (Trotsky, 1920).

Una organización que comprenda la necesidad de pensar el programa desde la producción y no desde la superestructura política, en vez de preguntarse qué hacer con las clases medias debe cuestionarse cómo organizar al proletariado concentrado.

El camino de basar el programa en la superestructura política conduce, inevitablemente, a sostener de manera ahistórica la táctica de Asamblea Constituyente en todo tiempo y lugar. Pero cabe preguntarse si en la actual época de descomposición capitalista esta Asamblea Constituyente podría jugar algún papel que fuera progresivo. Después de todo, la obsolescencia de Asamblea Constituyente, su consecuente desarme y el desarrollo en su lugar del sistema soviético fue, para los bolcheviques, una consecuencia inevitable del imperialismo y la guerra.

El afán por sustituir el programa revolucionario por la lucha por los derechos y libertades democráticas, la institucionalización de la práctica política en el Parlamento y en el planteo de Asamblea Constituyente como “árbitro”, donde se decidiría el destino del país, junto a replanteos de experiencias revolucionarias pre soviéticas, la búsqueda de “nuevos sujetos” revolucionarios, etc., constituyen fuertes indicadores de que, hoy por hoy, un importante sector del centrismo trotskista se prepara para abandonar programáticamente la dictadura del proletariado.

Las experiencias políticas de la pequeñoburguesía de los países imperialistas y sus experimentos fallidos como Podemos o Syriza golpearon muy fuertemente a las corrientes centristas. Pero lejos de sacar conclusiones que se acercaran a una perspectiva revolucionaria, sucumbieron ante el escepticismo y limitaron su práctica al sistema de exigencias al Estado burgués. El proletariado, mientras tanto, suma a sus padecimientos las consecuencias de la concentración económica creciente del imperialismo y su consecuente decadencia, en un camino de inevitable guerrerismo.  La tarea de la vanguardia no es buscar atajos teóricos. Los centristas buscan analogías en la historia de la lucha de clases como quien busca una media faltante en un cajón. Más bien se trata de conservar el método marxista para sacar lecciones del pasado y prepararse para enfrentar la guerra imperialista y convertirla en insurrecciones victoriosas que permitan edificar el socialismo.

 

 

Referencias

Marx, K. (1844), Glosas críticas en las márgenes del artículo del rey de Prusia y la reforma social por un prusiano.

Albamonte, E. y Maiello M. (2017), Estrategia socialista y arte militar, Ediciones IPS, Argentina.

Lenin, V. I. (1918), Las tareas inmediatas del poder soviético, obras completas XXVIII, Cartago, Buenos Aires, pág. 479 y 480.

Trotsky, L. (1920), Comunismo y terrorismo.

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